El cuero de la mona

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GUANACASTE NOTICIAS. Una vez llegué a un pueblo que tenía fama porque decían que salía una mona. A altas horas de la  noche se escuchaba su chillido y a muchos los hizo devolverse de su camino, se les plantaba en la calle haciendo movimientos con los brazos.  Don Agapito, que era un señor mayor y con mucha experiencia, no por los años según decía él, sino por lo que había vivido tiempos atrás, me contó de una vez que había ayudado a agarrar una mona en un pueblo, en el que vivía cuando era joven.    ¡Claro, contestó,  con esto no se juega, se lo digo de antemano!, Yo en mi juventud no le temía a nada, varias veces estuve cerca de la maldita mona, pero no la pude alcanzar con la cruceta, pues era tan ágil que brincaba de cerca en cerca. Yo quería cortarla para saber  quién era pero nunca conseguí hacerle ningún rasguño. Como la confisgada notara que yo quería dañarla, la agarró conmigo y me brincaba sobre el zinc de la casa por las noches, mas no le hacía caso. Una noche la encontré parada mirándome dormir, desde un hueco que tenía el tapaviento de mi casa y eso sí me preocupó, se estaba metiendo conmigo y dormido sí me podía joder.

 

Al día siguiente fui donde el cura  del pueblo  y le conté mi preocupación y el Padrecito me dijo: hijo, usted tiene razón, eso es muy peligroso,  esa mona ya la agarró contra usted, vamos a tener que agarrarla. Pero ¿cómo, padrecito? le pregunté, si yo ya estoy cansado  de volarle filo con mi cruceta. Él pareció reírse, no sé si porque lo vió como un chiste o por la forma en que yo lo estaba haciendo.  ¿Y no la has tocado siquiera?,  me preguntó. Pero ni un pelo, padrecito, le contesté. ¡Aah¡ fue su respuesta.  Mientras se rascaba la barbilla, me dijo: solo hay una forma de agarrarla. ¿Cómo, señor cura?, le pregunté ansioso, pues no quería que me observara durmiendo otra vez. Hay que averiguar quién es ella, no puede salir con el pellejo  porque está bendito y para eso lo dejan en su cama después de zafárselo y al volver de su travesía,  se vuelven a meter en él y como si nada.  ¡Así es la cosa, señor cura!, pero lo difícil es saber quién del pueblo hace eso.

 

No, no, me dijo, pueda que no sea de este pueblo, a veces vienen de pueblos vecinos y hacen sus chanchadas y se van, todo es que les guste el pueblo o que tengan algo contra alguno de sus  habitantes.

 

Don Agapito rápidamente pensó en su vecino Julio, que era muy amigo y compañero de tragos, para que le ayudara a averiguar quién era. Ese día temprano  estuvieron haciendo planes y por la noche a eso de las siete,   estuvieron en la cantina tomando y comentando lo que el padrecito le contó y quedaron en que a las dos de la madrugada irían  a indagar por el pueblo, ya que según el padrecito, la casa que tuviera la puerta abierta esa era, pues la dejaba así para entrar volando y caer justo en el cuero para ponérselo y no ensuciarlo por dentro. ¿Y qué vamos a hacer cuando la encontremos?, preguntó Julio.  El padrecito dijo que había que untarle sal al cuero por dentro. Cuando ella venga no resistirá el ardor y tendrá que salirse: así se sabrá quién es.

 

Dicho y hecho, esa noche como a las diez regresaron a la

casa.  Don Agapito  se acostó y a eso de las dos de la madrugada se levantó para esperar a Julio, que no se aparecía por ningún lado.

 

Cansado de esperarlo y como eran vecinos  cercanos, decidió ir a ver qué le había pasado,  pensando en que se había dormido, lo despertaría para ir a observar las casas.  Al llegar a la casa de Julio, vio cómo una puerta que daba a la parte trasera de la casa estaba entreabierta y pensó en que eso le facilitaría las cosas, entraría y lo despertaría. Se dirigió  a ella y al entrar  a la habitación  casi se muere del susto. Julio estaba hasta que roncaba y a la par suya, en la mitad de la cama  había un cuero de mujer abierto por la parte de la espalda. Con todo el cuidado por  el miedo, lo volteó y vio que tenía las mismas facciones de la esposa de Julio.  Comenzó a despertarlo a gritos empujones y cachetadas, hasta que lo despertó y lo llevó a la pila para echarle agua en la cara y la cabeza, estaba como tonto y al acercarlo al cuarto casi se desmaya, pues comprendió que era su mujer la bruja que atormentaba al pueblo.

 

Cogieron el cuero, lo untaron de sal por fuera y por dentro ni qué decirlo. Se acostó Julio, en la cama haciéndose el dormido, mientras Agapito, se escondía en la sala.

 

A eso de las tres  y media de la madrugada, se escuchó un chillido como de dolor.   Se levantaron   y al encender la luz, la esposa de Julio, se revolcaba en el piso. Al no aguantar saltó del cuero y quedó en carne viva, ante la mirada atónita de Agapito y Julio,  quien del susto y la cólera que le embargaba, le reclamaba un montón de cosas un tanto extrañas, como que los martes y los viernes a eso de las once de la noche, lo hacía tomar un té que “dizque” para los nervios.

 

Don Agapito, los dejó solos y se fue por el cura. Al regresar, dentro del cuarto se escuchaban las súplicas que le hacían la mujer o mejor dicho la bruja a Julio, con miles de promesas, para que no la entregara al Padrecito, quien traía un rosario y un crucifijo bendito para  obligarla a mantenerse dentro del cuero a pesar del ardor, mientras la quemaban en la  plaza a vista de todo el pueblo.

 

Según Agapito, aunque   la amistad lo unía a Julio, él  vendió la casa y se mudó a otro  lugar para olvidar aquel incidente y poder dejarlo en el pasado.