El Toro Negro

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GUANACASTE NOTICIAS. Don Julián, un sabanero que había sido mandador de haciendas en el pasado, cuando los sabaneros eran hombres de casta, según decía él, en aquellos territorios guanacastecos que parecían tierra de nadie, pero que cada gamonal era señor del llano, contaba que en un sitio no muy lejos del caserío o centro de población de la hacienda, un toro negro  solía pastar solitario en la llanura. Todas las tardes se podía ver a la distancia: un toro negro azabache hermoso, de buena giba, excelente oreja y buena estampa. Cualquiera se lo hubiera deseado para semental pero siempre caminaba solo, jamás  en la manada de ganado.

 

Un día el patrón, intrigado por su comportamiento, ofreció una buena recompensa a quien lograra lazarlo y si lo traía a los corrales de la hacienda, se le reconocería como el mejor de los sabaneros que hubiera llegado a la Hacienda.

 

Claro que la hazaña no era para menos, muchos habían hecho el intento de alcanzarlo y  no le habían  visto el pelo siquiera, menos lograr pararlo, a pesar  de que no corría para charrales sino que cogía hacia un risco muy peligroso, que si alguien caía ahí no salía con vida.

 

Esos días eran de gran jolgorio pues cada sabanero deseaba el premio y algunos hasta se unían para lograrlo, formando un grupo que consiguiera pararlo y aún así no pudieron  ver dónde se refugiaba, menos alcanzarlo, y ya algunos decían que era diabólico y otros garantizaban que era el mismito en persona. Estaban en esos días de zozobra y confusión, cuando llegó a la hacienda un sabanero en busca de trabajo. Al oír el comentario,  preguntó que qué era lo que pasaba.  Los demás sabaneros que ya más bien exageraban las cosas, le contaron con lujo de detalles lo que sucedía con aquel toro.  Aquel hombre espigado, longano y de aspecto fachento, bigotes largos  bien enroscados,  vestía un gran sombrero blanco, camisa manga corta y pantalón de army con ruedo volteado y en sus pies calzaba un par de caites de cuero crudo que parecía acabado de hacer y mascaba cotinuamente una cuecha que parecía interminable, pues más parecía    un tic nervioso que un arraigado vicio. Con su andar recto como sacando pecho, lanzó una saliva que parecía tinta de cambute, al caer sarpió la pared de aquel zaguán y  dijo:

 

—Yo me moriré o paso toda la vida tras él, pero lo que soy yo no regreso sin ese toro.

Y diciendo y haciendo, puso el pie o mejor dicho el caite en el estribo y montó en aquel caballo en el que había llegado. Los demás sabaneros dedujeron que  el hombre debía ser un gran sabanero y su caballo lo mejor que había parido el llano.

 

Preguntó hacia a dónde quedaba el sitio en el que  solía pastar aquel misterioso animal y cogió rumbo allá.

 

Contaba uno de los sabaneros que lo vio, pues estaba próximo al sitio, que al llegar cerca de aquel animal, le pegó los talones a su caballo y lo animó con un par de gritos y parecían que iban volando.  Sólo se veía el cordón de polvo que quedaba sobre la breña. Aquel sabanero y su caballo iban siguiendo el toro, que como de costumbre cogió hacia el mismo lugar, el peligroso risco. Según él, dejó de verlos cuando ya no se podían distinguir.

Al llegar a la hacienda, escuchó los comentarios de aquel decidido sabanero que no volvería hasta no lograr amarrarlo, pero esperaron y esperaron y no volvió. Al día siguiente, algunos sabaneros salieron en busca de él, pero ni rastro de aquel infortunado sabanero. Buscaron y buscaron hasta darse por vencidos y por días solo eso se comentaba en los zaguanes de la hacienda.

 

Pero ni el toro se volvió a ver en el sitio.

Un tiempo después, llegó uno de los sabaneros de la hacienda con la nueva: había visto al sabanero con su caballo tras el toro negro, corriendo por el llano hacía el risco y lo llevaba cerquita.

 

Desde entonces, algunos sabaneros iban por las tardes para verlo correr tras el toro negro. Dicen que todos los días al atardecer, se ve correr  con su caballo tras el toro rumbo a los riscos.

 

Según los sabaneros, aquel hombre era tan valiente  que quedó atrapado en su propio juramento como una maldición.