El Viejo del Monte

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GUANACASTE NOTICIAS. Un día, un señor trabajador y valiente quien vivía en el pueblo, decidió probar fortuna en una tierra extraña.

 

Corrían los años quince del siglo veinte, la pobreza era grande en nuestro país.  Juan era el hombre que cansado de ser peón, vendió su  casita y con unos pocos ahorros que tenía dispuso  viajar en busca de mejor vida. Con grandes penas llegó a un pueblo, donde comenzaba un largo camino que lo llevaría a unas tierras que eran muy baratas y buenas para la agricultura y con excelente clima.   Dejó su familia en casa de un amigo y se adentró en la montaña.

 

Emprendió un largo viaje a caballo por aquella vegetación que cubría la mitad del camino. Espoleando su caballo, pasó por parajes bellísimos y avanzó por la selva, hasta que se hizo noche, pensando en su mujer e hijos y la fortuna que iba a amasar, cuando de repente Juan vio avanzar entre los árboles, a un hombre enorme de tamaño que caminaba, al mismo paso que su caballo pero como era de noche, sólo se veía la silueta y Juan creía ver visiones, por lo que más adelante se bajó del caballo para comprobar si habían huellas del paso de aquella extraña persona. Sacó el foco y se dirigió a los árboles por donde caminaba aquel ser y cuál fuera su sorpresa: iba dejando unas enormes huellas en las que la planta del pie de don Juan cabía sin tocar las orillas.  Asustado, regresó al caballo, montó en él e inmediatamente el hombre gigante salió de donde estaba y siguió el camino a la par. El caballo se le encabritó y luego echó a correr desbocado.

 

A Juan se le erizaron los pelos del cuerpo y a medida que el caballo corría, así lo hacía el gigante por entre los árboles y de vez en cuando pegaba unos chillidos horribles.

 

Jinete y caballo devoraban la noche en su carrera, mientras el gigante corría de una manera inexplicable pues no lo dejaba botado.

 

Juan, que por esa hora bajaba todos los santos del cielo y se encomendaba a Dios, espoleaba más al caballo. Lleno de pánico no supo cuánto tiempo corrió, pero a él le parecía una eternidad,  de pronto vio una luz en el camino, dio gracias a Dios y arreando al caballo redobló el galope hasta llegar a la puerta de la casita, luego tocó apresuradamente y la buena gente le abrió y lo pasó adelante y le preguntaron: y diay amigo, ¿cómo es que anda tan de noche en la montaña? Juan no podía hablar, los señores comprendieron que algo malo le pasaba y le dieron agua para tranquilizarlo y al fin pudo contar a la familia el susto que se había llevado.

 

Señor, le dijeron sus benefactores, ese hombre que casi es un gigante es el viejo del monte, él sigue a todos los que se aventuran a pasar de noche por estas tierras y si intentan voltear la montaña para hacer una finca, se pone celoso y hasta los ha llegado a atacar teniendo que salir corriendo y dejar todo botado, mientras el viejo del monte desarma toda la rancha y la esparce por todos lados.

 

Ya está avisado señor, si intenta establecerse puede terminar muerto, ya ha pasado, “usted tuvo suerte”.  Esa noche Juan no se cansaba de darle las gracias a Dios por haberlo cuidado del viejo del monte.

 

A la mañana siguiente, se despidió de los nuevos amigos agradeciéndoles la hospitalidad y prometiendo que volvería pero solo a pasear y de día, pues pasar otro susto y correr a caballo como lo había hecho, nunca.

 

Compró un terreno más afuera y vivió con su familia muchos años, luego regresó al pueblo pero ya con dinero para pasar el resto de la vida sentado, decía él.