La Cofradía de la Virgen de Guadalupe

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Jorge León. La cofradía de la Virgen de Guadalupe mantiene una mezcla de formas religiosas con atavismos indígenas. Está en manos de indios autóctonos, y cuando en ella se inmiscuye algún blanco o ladino, pierde en devoción y brillantez. La composición de esta cofradía es única y complicada: hay un superior, el nacume (¿de mankeme que es mangue significa «juez», dirigente, según Brinton?), al cual siguen en categoría los priostes, mayordomos; por últimos los diputados se encargan de las muchas funciones que con carácter inferior tiene la cofradía: así hay un diputado para la pólvora, otro para el vestido de la Virgen, para el atol…

Las fiestas de Guadalupe duran más de un mes; se inician el primero de noviembre, con la elección para los puestos que deban desempeñarse en el año que sigue; una mezcla de maíz sirve para hacer la rifa. El 15 se verifica la pica de leña, una antigua costumbre que consiste en ir todo el pueblo, con música, chicha y comida, a picar la leña que se necesita en las festividades.

El lugar escogido es generalmente los bosques que forman la base de los cerros de Las Cruces, inmediatos a la población.

Cuando se termina la faena, se hace el regreso al pueblo con música y pólvora. La leña se acumula en el patio de la casa de la Virgen, pues la cofradía tiene casa propia, y se destina a preparar los chichemes, tamales y carnes, que consumen los devotos durante las festividades. El 9 de diciembre, por ejemplo, se hace la atolada, que se inicia desde las cuatro de la mañana; durante el día un atol duro y riquísimo se reparte a los vecinos principales. Al día siguiente se hace, ya al frente de la casa de la Virgen o en el patio interior, una armadura de follaje, la ramada, y se reparte chicha o chicheme. El 11 se coloca una cruz en la ramada, y cada mujer que haya sido madre, de depositar 25 céntimos de limosna.

El 12 de diciembre es la fiesta central (día de la Virgen de Guadalupe). El acontecimiento más importante de este día es la procesión que recorre las calles del este de la ciudad, llegando hasta la plaza. En la procesión, acompañada de música y de pólvora, se lleva en andas una antigua imagen de la Virgen, malamente retocada hace pocos años. Llama sobremanera la atención los bailes —-si es que así se les puede llamar—, de los indígenas. Adelante, por lo común, va la yegüita, un mascarón de madera figurando una yegua, adornada con cintas de colores, una cobertura de cuero debajo de la que se esconde el individuo que la baila y una cola de crin, constituyen el disfraz. Este baile se hace en recuerdo de un hecho milagroso que los nativos aseguran que sucedió en el cerro de Las Cruces: dos indios de Curime, de regreso a su pueblo, tuvieron un disgusto y se fueron a las armas; en ese momento salió, nadie sabe de dónde, una yegüita que a fuerza de patadas iba separando a los contrincantes cada vez que estos intentaban pelear. Convencidos los del pleito del milagro que se estaba realizando, hicieron la paz y fueron buenos amigos. Antes este baile de la yegüita, hecho al son de la chirimía y el tambor, tenía un aspecto bárbaro de que hoy carece: a un toque especial, «llamando a juego», dos o más indios jugaban la rabisa (un látigo largo de cuero), y se castigaban horrorosamente. A la par de la yegüita, entre el tumulto que levantan los chiquillos indios de Matambú, se baila la niñera, una muñeca de trapos amarrada a un palo que por medio de un mecate sube y baja.

Por la noche de ese día, a eso de las ocho, se hace la toma de posesión del nuevo mayor- domo y nacume para el año entrante. Al hacerlo, se revisan las riquezas de la Virgen, que consisten en unos cofres llenos de vestidos y ex votos, cuyo contenido aumenta años tras años.

A la luz de las velas de sebo, van pasando las joyas y las telas brillantes, y por último, con candela, se hace la última procesión de la fiesta. Se lleva por las calles, en el mayor silencio, la Virgen, los cofres, la «niñera» y la yegüita, que entonces van tranquilos, todo al resplandor de las candelas.

La cofradía de Guadalupe se ha mantenido, gracias a haber sido puesta en manos de elementos de sangre indígena en una forma que a la vez que expresión de antiguos ritos, es también una manera de mostrar sencillamente su fe religiosa. Muchas de las ceremonias y costumbres, son semejantes a las que aún conservan los indígenas de Guatemala y México.( Revista de los Archivos Nacionales. Año 6, No 5-6; pp. 295-296).