La Llorona

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GUANACASTE NOTICIAS.  Don José Montiel, al que le decían Chepe, vivía hace algunos años en un pueblito de Bebedero en Cañas.

 

Una vez iba para su casa, después de trabajar una jornada que comenzaba a las cinco de la mañana y terminaba a las seis de la tarde.

 

Bajó por el paso de una quebrada, llamada así por una leona que vivía ahí en el pasado: era tan brava que a muchos dejó sin camisa y con las espaldas rasguñadas al saltar sobre ellos.

 

Esa misma quebrada, según don Chepe, también la frecuentaba la llorona y todo el que pasaba por ahí lo hacía de día, para  no sacarse un susto, ya que había quien decía haber escuchado su llanto y otros aseguraban verla en persona.

 

Doña Chona, que vivió cerca de la quebrada, contaba que ella botó una cazuela que por vieja quemaba el arroz.  Un día su esposo la encontró en la quebrada, en tres piedras como tinamastes y llena de conchas de camarón y cangrejos, lo único que él no había visto era cómo le prendían fuego o si se los comían crudos.

 

Contaba Don Chepe que él venía para su casa a eso de las ocho de la noche, porque se atrasó un poco quemando unos panales que dejó temprano en una burra de monte, ya que por la  noche las avispas están recogidas y era más fácil quemarlas, sin temor a que lo picaran.

 

De pronto escuchó un ruido que venía de la quebrada como quien va trepando por el agua. Se detuvo a observar: en eso vio a  una muchacha con el pelo desgreñado que lloraba desconsoladamente.  El, que era un joven de buenos sentimientos, pensó que estaba perdida y por lo tanto necesitaba ayuda y se acercó a ofrecérsela, pero ella no se dio por entendida y siguió quebrada arriba llorando hasta perderse en la oscuridad.

 

Confundido y muy asustado regresó a su casa y le contó a su esposa, quien le narró una historia muy triste: era una muchacha sumisa, la que no sabía nada de defenderse.    Como sus padres mantenían muchos peones, un joven la sedujo y  dejó embarazada. Sin saber qué hacer o cómo contarle a  la mamá,  decidió ocultar aquel incidente, sin pensar que se convertiría en una pesadilla en el futuro, pues sus males y el abultamiento del estómago era difícil de ocultar.

 

Cuando comenzaron los dolores de parto, tomó una decisión. No sabía qué hacer con aquel niño, cogió un canasto con maíz y se fue a la quebrada como de costumbre a lavar el maíz.  Se estuvo ahí un rato hasta que el niño naciera y lo tiró al agua.

 

La mamá que ya sospechaba algo, al notar aquel cambio la obligó a confesar la verdad. Al escuchar el relato, se puso las manos en la cabeza y sin saber qué decir del susto y la cólera, pronunció una serie de palabras que se convirtieron en maldición, pues como castigo le ordenó buscar al niño y hasta que lo encontrara podría regresar a casa. Ella volvió donde tiró el niño pero ya no estaba y comenzó a buscarlo río arriba y río abajo sin encontrarlo, por lo que todavía se puede ver o escuchar en las quebradas por donde lo anda buscando.

 

Y donde oye el llanto de  un niño se desespera y por las noches trata de robarlo.