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Leyendas

La Mona

GUANACASTE NOTICIAS. Don Ismael, un anciano que vivía en un pueblito de campo muy retirado de la ciudad, era un señor de aspecto muy áspero, que con sólo verlo le causaba  a cualquiera una impresión un tanto terrorífica.

 

El decir de todos era que ese señor vivía muy amargado, cosa que era todo lo contrario.

 

Yo mismo lo comprobé al acercarme a él,  tratando de ser amable. Logré que se hiciera amigo mío y como a manera de desahogo, comenzó a contarme una serie de leyendas, las cuales él decía haber  vivido en carne propia.

 

Me contaba que  él  en su tiempo, era  un hombre bastante bien parecido y sin pelos en la lengua para hablarle a una mujer. Acostumbraba salir los sábados después de terminar su trabajo de la semana.  A eso de las doce del día, comenzaba a  alistarse y ensillaba  su caballo poniéndole la albarda que él decía era la de salir a dominguear.

 

Cuando  llegaba del trabajo, mientras se alistaba, un gusanillo le iba comiendo el estómago  de las ganas de llegar  al baile  y no  podía tomar ni café, menos almorzar, pues era un trompo para bailar, ahí  podía ver a su novia o tal vez  echarle  el sonto a alguna muchacha que se le atravesara, él decía ser un don Juan en asuntos de amor.

 

Ese día, como de costumbre, salió de su casa hacia otro pueblo, para asistir a un baile que celebraban todos los  años en honor de San Caralampio y pensaba bailar hasta quitarse las ganas.

 

A eso de las doce de la noche, terminado el baile, cogió su caballo, se montó y le sacó  un par de plumas, como se le llamaba al tirar el caballo de un lado a otro, al tiempo que se rajaba con un par de gritos y una bomba de aquellas que ofendían los sentimientos de cualquiera.

 

Luego emprendió el camino  a su casa. Bajo la tranquilidad de  la noche, sólo se escuchaba el sonar de los grillos y alguno que otro búho  que  dejaba oír su canto un tanto melancólico.

 

Así pasaron algunos minutos: ¡de pronto!  al pasar bajo un árbol de mango enorme y frondoso, donde  muy chiquillo  solía sentarse en sus raíces  a comer los deliciosos frutos, mientras descansaba de la larga caminata  que realizaba para ir a la escuela, ya que siempre tenía que ir a pie,  sintió que en este, algo  se había movido, luego que lo habían sacudido, pero como era un árbol tan grande, creyó que alguien estaba apeando mangos, después recordó que  no era época de cosecha y además era  de noche,  pensó en un temblor, le parecía raro  porque sólo el árbol aparentaba moverse.  No había dejado de pensar, cuando de nuevo volvió a suceder y esta vez con más fuerza,  tanto que las puntas de las ramas pegaban al suelo, sintió que la sangre se le helaba,  el pelo  se le escapaba hacia el cielo,  le pareció   que la albarda no estaba bajo sus piernas,  como que flotaba en el aire,  mientras el caballo  resoplaba  las narices  y quería pegar en los alambres de la cerca, él tuvo que agarrarse hasta con los dientes para que no lo botara.

Apenas se estaba reponiendo de aquel susto, cuando escuchó unas carcajadas espantosas seguidas  de unos chillidos horrendos: los pelos se le erizaron y sentía que el corazón se le salía y armándose de valor se dispuso a seguir su camino.  Le pegó los talones al caballo que  cómo era tan brioso y estaba asustado, casi lo  bota dejándolo en la grupera.

 

Cuál fuera su sorpresa,  unos diez metros adelante  estaba una mona moviendo las manos y saltando de un lado a otro de la cerca. Al verla, el caballo se paró de manos y lo sacó de la albarda, cayendo al suelo de espaldas. Quería lamentarse del dolor  que le produjo el golpe, pero la mona se  abalanzaba sobre él y tuvo que ponerse en pie y ver cómo se salvaba de aquel animal, de gran suerte que el caballo al dar la vuelta, quedó enganchado de las riendas en un poste de la cerca.

 

Corrió hacia el caballo y sacó una cutacha que tenía colgada de la montura. La cutacha o cruceta, como se le llama por una cruz que lleva cerca del puño, estaba según Don Ismael, curada contra las brujerías. Él mismo la había dado a una India, por si acaso se tenía que enfrentar a algún contrincante mañoso, de los que abundaban en su tiempo, tenía el puño de cacho de venado, relleno con una poción mágica contra los malos espíritus  y brujerías y estaba bien afilada por los dos lados, de atrás para adelante, pues así lo requería el secreto.

La confisgada mona  no esperaba que él le saliera con eso. Desenvainó la cutacha y se lanzó encima de ella tirando filazos solo de revés, ya que si lo hacía al derecho la poción no  funcionaba.

 

La maldita mona, sin saber lo que le esperaba, comenzó a esquivar los filazos.  Don Ismael no se rendía, hasta que en una de tantas logró alcanzarla con un revés. La mona pegó un chillido tan fuerte y horrendo que  a la distancia se oían los perros ladrar, como si hubieran visto al mismo diablo en persona. No volvió a ver  a la mona esa noche.

 

Ya sin miedo, tal vez por el calor del esfuerzo hecho y no por valentía, montó en su caballo y se dirigió al pueblo  sin hacer comentarios del chasco que le pasó esa noche.      Y siguió trabajando como de costumbre.

 

A eso de media semana, un señor del pueblo donde él estuvo bailando,  llegó a su casa preguntando por él.

 

El señor le contó que en su pueblo había una señora que  estaba muy enferma,  tenía una herida bajo el brazo derecho y quería hablar con él.

 

Don Ismael se imaginaba qué era, y mas por  curiosidad que por compasión, accedió a ir  a verla, alistó su caballo como si fuera para un baile, por supuesto sin dejar la cruceta, por si acaso, no la amarró  de la montura, esta vez se la guindó de los lomos  para llevarla cerquita.

 

Al llegar encontró a la señora acostada en una cama, con mucha fiebre y una herida enorme en el brazo.

 

Él sintió escalofríos por todo el cuerpo al verla.

 

Ella le pidió que se acercara con voz un poco suave, talvez por la enfermedad o para que nadie se enterara de lo que le tenía que decir. Le dijo que si él le ayudaba, ella jamás se volvería a convertir en mona.

 

Don Ismael, que un poco temeroso  llegó hasta ahí, le preguntó qué era lo que tenía que hacer y si   eso no lo involucraría  en un compromiso con el diablo. La señora le dijo que no, pero tenía que coger la cutacha y pasarla  por la herida nuevamente al derecho, para que la herida sanara.

 

Don Ismael, que con Satanás no quería nada, hizo lo que la señora le indicó y salió de aquella casa para jamás volver.

 

Cuentan que nunca más se volvió a escuchar chillidos de monas en ese pueblo, ni volvió a moverse el palo de mango.

 

Don Ismael tampoco volvió a bailar a ese pueblo, no quería pasar por otro susto igual en el resto de su vida.

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