Las Carreras de Santiago (2)

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Virgilio Coamano. ¿Quién le va a quitar a Carlos la idea de bajar a las carreras de Santiago? Para eso ha estado guardando sus pipiólos y tiene ya su buchaquita, su buena chochosca; para eso ha estado alistando en las tardes, con tiempo, sus bonitos arneses.

Desde la víspera, se va al potrero de mañanita a sacar el caballo; al pasar por el río, lo baña, le lava bien la cola y se la anuda para que no se le ensucie; ya en la posada, lo recorta, lo escarmena, lo ensilla bien y… ¡a la calle!

Aquel caballo no se le ven la cara y el pecho de adornos: jáquima, riendas, pechera, todo es pura crin y lana en rosetas, muñecas y borlas. Y el animal como que conoce, pues sólo es cabecear, rascar, chalanear y atravesarse en la calle, resoplando a cada rato las narices.

—«Ey, muchachos, ¡aquí está la bajura’» «¡A ver, quién dijo miedo!» «¡Me río del hambre después de haber almorzado!» «¡No me trago el sol por no dejarlos a oscuras!».

Ey, muchachitos galanas,

hermosotas y morenas,

no me quedo con las ganas

de referirles mis penas!

Esos y otros mil dichos y retahilas dice Carlos, mientras va chalaneando su caballo por la calle.

Terminadas las fiestas, después de haberse dado el gusto de recortar en tres parejas a un salpicado grande que afamaban mucho, coge con la fresca el camino de su barrio. (tomado en el: El lector guanocosteco. Editorial Soley y Valverde, 1935; p. 54. 209